Valoración y usos de las artes en la Edad Moderna

Por Miguel Ángel Zalama (Universidad de Valladolid).

Error frecuente entre los pseudo-historiadores es considerar que los valores de la actualidad siempre han sido los mismos, que las épocas pasadas no tuvieron su propio ideario de lo que se consideraba importante y, por lo tanto, que podemos juzgar con nuestras normas lo pretérito, quizá con benevolencia pues a fin de cuentas no se había alcanzado el nivel de desarrollo del presente. Semejante planteamiento es inaceptable. El historiador tiene que ser capaz de comprender la época de la que se ocupa, y solo juzgarla con referencia a las normas del momento. Se pueden hacer comparaciones con nuestros días, pero no reducir los hechos históricos al pensamiento actual. Si obviamos esta máxima tendremos que admitir que lo presente también será criticado atendiendo a los valores de épocas posteriores, algo que sin duda no estamos dispuestos a aceptar.

En este sentido, la consideración de que la pintura es la principal de las artes visuales es algo relativamente reciente. Hoy nadie pone en duda que una obra de pincel, incluso un simple dibujo, es objeto de deseo y cuando se produce su venta los precios que se alcanzan son exagerados. Evidentemente no se paga por los componentes –un soporte de tela y unos cuantos pigmentos son, por lo general, todo que conforma una pintura–; se estima la singularidad, la autoría y ciertos valores estéticos, siempre cambiantes, que convierten a la obra en cuestión en un símbolo al margen de cualquier apreciación material.

Le vite…, Vasari, 1568, Florencia.

Le vite…, Vasari, 1568, Florencia.

El triunfo de la pintura empezó a gestarse en el siglo XVI, y Vasari fue su profeta más influyente, pero durante esa centuria y la siguiente el gusto por los materiales caros –oro, plata, piedras preciosas…– estuvo siempre por delante del interés meramente estético por las artes. Lo que hoy nos parece mera ostentación era en épocas pasadas el objeto fundamental de las obras de arte. Los inventarios de bienes de los poderosos en los diferentes países europeos, muestran cómo las piezas realizadas con metales preciosos o pedrería alcanzaban tasaciones mucho más elevadas que las pinturas. Los datos son definitivos: mientras que las cuarenta y siete tablas del Políptico de Isabel la Católica (se conservan treinta, la mayoría en Patrimonio Nacional) atribuidas a Michel Sittow y Juan de Flandes, poco después de fallecer la reina se estimaron en cerca de 75.000 maravedís, un solo tapiz que también formaba parte de su tesoro, La resurrección de Lázaro (Zaragoza, Museo de Tapices de La Seo) de tamaño mediano, se puso a la venta por el doble; es más, el tapiz se compró rápidamente mientras que las tablas no se vendieron hasta transcurrido un año y medio.

Resurrección de Lázaro, s. XV. Museo de tapices de La Seo, Zaragoza

Resurrección de Lázaro, s. XV. Museo de tapices de La Seo, Zaragoza

Podría pensarse que esto es algo heredado de la Edad Media, pero tanto Carlos V como Felipe II gastaron grandes cantidades en paños, muy superiores a lo que pagaron por pinturas de Tiziano. Un solo ejemplo: Felipe II pagó 2.542.000 maravedís a Willem de Pannemaker por ocho tapices del Apocalipsis (Patrimonio Nacional). No hubo cambios durante el reinado de Felipe III, ni en de Felipe IV. Éste reunió una colección de pintura extraordinaria, pero no despreció los tapices; a los que recibió de sus mayores, el rey Planeta sumó los que adquirió como, por ejemplo, las series de la Historia del cónsul Decio Mus, la Historia de Teseo, o la Historia de la Vida del Hombre (todas en Patrimonio Nacional).

El pelele, Goya, 1791-92, cartón para tapiz. Madrid, Museo del Prado

El pelele, Goya, 1791-92, cartón para tapiz. Museo del Prado, Madrid

Al finalizar el siglo XVIII la pintura ya era consideraba la reina de las artes. La Ilustración había zanjado el debate teórico al determinar que pintura, escultura y arquitectura conformaban las Bellas Artes, en detrimento de otras manifestaciones. Lo material no era importante en los nuevos criterios estéticos, hasta el punto de despreciarse, y únicamente se tenían en cuenta las llamadas arti del disegno: el pintor era un caballero y su arte era como el del filósofo o literato, al que se quiere semejar repitiendo a la vez que malinterpretando la máxima de Horacio ut pictura poesis, y en cualquier caso alejado del esfuerzo físico. Quizá el mejor ejemplo de este proceso que supuso un giro copernicano en cuanto la apreciación de las artes se manifieste en Goya. Cuando en 1790 Carlos IV le ordenó que realizara cartones para tapices, el artista se negó por considerar que semejante labor no era propia de un pintor de cámara, y solo accedió tras amenazarle el monarca con la pérdida del estipendio. El pintor se negaba a pintar cartones para tapices porque su “creación” se perdía cuando se traspasaba a hilos de colores, de manera que una vez manufacturado el paño en realidad era una obra “según Goya”, no “un Goya”.

Tras siglos de preeminencia, los tapices perdieron definitivamente la batalla ante la pintura. A partir del Romanticismo los tapices dejaron de ser obras de arte. Se vendieron, se echaron a perder por falta de mínimos cuidados, e incluso se quemaron para sacar el metal, oro o plata, que se había utilizado en algunos de los más ricos. Así, cuenta Federico Marés que en los primeros años del siglo XX se seguían quemando, aunque se podían salvar de la hoguera si se pagaban “10, 15 ó 20 durillos” por tapiz, cantidades muy escasas para la época. El triunfo de la pintura era total, pero durante la Edad Moderna había sido una manifestación artística de importancia secundaria frente al valor material de los tapices.

En tanto que arti del disegno, arquitectura y escultura también siguieron la estela de la pintura, pero con mayor dificultad pues a fin de cuentas su realización también suponía la utilización de materiales y exigía esfuerzo, sobre todo en el caso de la escultura (llama la atención cómo desde el siglo XVI, pensemos en Giambologna, los escultores realizaban sus obras en pequeño tamaño y luego los ayudantes corrían con el trabajo duro de pasar, normalmente por el método de puntos, el modelo al tamaño exigido; trabajar con las manos no era noble).

"Enero", Les très riches heures du duc Jean de Berry, Hermanos Limburgo,  ca. 1415. Musée Condé, Chantilly.

“Enero”, Les très riches heures du duc Jean de Berry, Hermanos Limburgo, ca. 1415. Musée Condé, Chantilly

Tampoco se daba igual uso a las obras de arte que en la actualidad. Las vajillas de oro y plata se exponían en aparadores mientras se celebraban banquetes y las salas cubrían sus paredes de tapices. Ejemplos gráficos de lo primero encontramos en el siglo XV en las Très riches heures de Jean, duque de Berry; del uso de los tapices en la abdicación de Carlos V en 1555 en su palacio en Bruselas. Mas los tapices también se sacaban a las calles y plazas en recepciones solemnes, algo habitual en el siglo XVII. Frente a esto las pinturas permanecían únicamente visibles a unos pocos (Las Meninas estaban colocadas en el despacho privado de Felipe IV, ajenas a la mayoría) y los retratos, utilizados a comienzos de la Edad Moderna para mostrar la prestancia, que no los rasgos físicos, de los personajes ante el que iba ser su cónyuge, se guardaban en cajas y, por lo tanto, no se exponían. A medida que avanzaba el siglo XVI y se generaliza el uso del lienzo como soporte, las pinturas aumentan en tamaño y en presencia, pero siempre por detrás de los tapices. Por su parte, los grandes ciclos de frescos que se hicieron en Italia no dejaban de tener una función decorativa y de enriquecer el lugar, y siempre que se podía se colocaban tapices, como hizo Lorenzo el Magnífico que en su despacho en el palacio de Vía Larga tenía paños. Esto es así incluso en la Capilla Sixtina. Los frescos de Botticelli, Ghirlandaio, Perugino… y los impresionantes de Miguel Ángel, se acompañaban en las grandes solemnidades con los riquísimos tapices que el papa León X encargó en Flandes a partir de cartones de Rafael.

Encargo de Cristo a Pedro, cartón para tapiz, Rafael, 1515-16. Museo Victoria & Albert, Londres

Encargo de Cristo a Pedro, cartón para tapiz, Rafael, 1515-16. Museo Victoria & Albert, Londres

Otros tiempos, otros intereses. Lo que hoy entendemos por arte no es lo mismo que en la Edad Moderna. Se han citado varios ejemplos representativos, aunque la lista es interminable y no hay excepción a la regla. Si hoy se aprecia la creatividad y la singularidad de la obra por delante de todo, no hay que olvidar que esto es algo relativamente nuevo; en el pasado lo que primaba era el lujo, pues arte no dejaba de ser habilidad y eso no era importante. Tener esto presente es imprescindible para entender la valoración y usos de las artes en la Edad Moderna.

Bibliografía básica:

  • BROWN, J., El triunfo de la pintura. Sobre el coleccionismo cortesano en el siglo XVII, Madrid, 1995.
  • D’ALEMBERT, J. L. R.“Discourse préliminaire”, en L’Encyclopédie, París, 1751.
  • SEMPERE Y GUARINOS, J., Historia del luxo, y de las leyes suntuarias de España, Madrid, 1788.
  • VASARI, G., Le vite de’ più eccellenti pittori, scultori ed architetti, Florencia. 1550-1568.
  • ZALAMA, M. Á., “Primacía de los tapices entre las artes figurativas en España en los siglos XV y XVI”, en F. Checa y B. J. García García (coords.), Los Triunfos de Aracne. Tapices flamencos de los Austrias en el Renacimiento, Madrid, 2011, pp. 17-36.

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